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miércoles, 31 de enero de 2018

El creyente es capaz de decir yo creo dirigiéndose solo a su propia conciencia. Pero cuando el ateo dice yo no creo se dirige siempre a un público.

Fuente

Enrique Jarciel Poncela: La tournée de Dios.

El ateo da risa y da lástima, como da risa y da lástima el hombre que asegura «no necesito de nada ni de nadie para vivir»; y como el que afirma: «yo no me enamoro nunca»; y como el que dice: «no he estado enfermo jamás»; y como el que declara: «no he jugado nunca, ni me he emborrachado nunca, ni he sido nunca infiel a mi mujer». Cómo dan risa y dan lástima —en fin— todos los fatuos, todos los engreídos, todos los que presumen de algo. No existe un solo ser que no atraviese por instantes de debilidad; no hay un solo hombre que se baste a sí mismo; el individuo más encopetado se ve obligado un día a esconderse debajo de un diván; el emperador más poderoso, el apóstol más puro, el genio más universal, sufre alguna vez un cólico que le obliga a pasarse toda la noche gimiendo y revolcándose en sudor frío. El hombre es una pobre criatura inerme y, sin embargo, cada vez es más soberbio y está más orgulloso de sí y prescinde más de todo apoyo y se siente más autónomo. Es posible que Dios no sea necesario para vivir. Dios no va a influir, naturalmente, para que triunfe un credo político o para que un ejército venza a otro, o para que un ciudadano gane una oposición a la Beneficencia Municipal. Dios no va a influir para que a un niño se le cure la tos ferina. (Eso no lo creen más que cuatro viejas de esas que se arman un lío para cruzar las calles). Pero cuando todo se hunde alrededor de uno, cuando se advierte la soledad en que se vive, cuando se percibe la inmensa inanidad de la existencia, entonces ¿a quién se va a volver los ojos? ¿A Carlos Marx? ¿Al presidente del Sindicato de la madera? ¿Al doctor Marañón? ¿Al obispo de Canterbury? ¿Al director de Izvestia? Y no me digáis que hay hombres que no atraviesan por esas crisis desoladoras. Porque los hombres están construidos «en serie», como los automóviles Chevrolet, y solo se diferencian de ellos en que no tienen piezas de repuesto. Si el creyente es un farsante, el ateo lo es muchísimo más. El creyente es capaz de decir yo creo dirigiéndose solo a su propia conciencia. Pero cuando el ateo dice yo no creo se dirige siempre a un público. La Humanidad le ha vuelto la espalda a Dios y, desde entonces, anda más desquiciada que nunca. Pero al decir que la Humanidad le ha vuelto la espalda a Dios, uno no acusa a la Humanidad de haber dejado de darse golpes de pecho, ni de haber olvidado el agua bendita o el ir a misa o el rezar ante un Cristo… De lo que uno acusa a la Humanidad es de haber abjurado de todas sus cualidades espirituales. Que es lo mismo que decir «divinas».

La Humanidad, al sacudirse el suave yugo del espíritu, ha caído bajo el yugo implacable del Destino. ¿Dónde está la resignación? ¿Dónde está la humildad? ¿Dónde está la confianza en sí mismo? ¿Dónde está la serenidad? ¿Y la alegría por la alegría? ¿Y el esfuerzo individual? ¿Dónde está el concepto riguroso del deber? ¿Y el no esperar más de lo que puede esperarse? ¿Dónde está —en fin— la sencillez? No se sabe dónde está, pero la verdad es que todo eso ha desaparecido del planeta.
La Humanidad, desatada e impúdica, perdida la confianza en sí, sin concepto ya del deber, engreída, soberbia y fatua, llena de altiveces, dispuesta a no resignarse, frívola y frenética, olvidada de la serenidad y de la sencillez, ambiciosa y triste, reclamándole a la vida mucho más de lo que la vida puede dar, desposeída de esa alegría por la alegría que es el único camino de la dicha, corre enloquecida hacia la definitiva bancarrota. Ya no hay un hombre que no proteste de algo: de que los políticos lo hacen mal, de que el camarero eche el café fuera del vaso, de que haya que circular por la derecha, de que la tinta de los periódicos manche, de que el camisero le pase una factura a últimos de mes, de que el sastre le mande la suya el día primero, de que los novios se besen, de la organización general del Estado, de la trata de blancas, del Ayuntamiento, del clima, de las leonas de Laplace. Todo molesta, todo fastidia, todo crispa. Se es brusco. A derecha e izquierda encuentra uno gentes que están a disgusto con su destino, que desdeñan lo que han logrado, que desean lo que no tienen y que, en el fondo, querrían que nadie tuviese nada. Se respira descontento, se vive en plena desadaptación. Todos los nervios están a flor de piel. Se ha arrumbado la amabilidad. Hablar es discutir. Discutir es pegarse. Se opina con el bastón y se razona con la browning.
La palabra derecho sale de todas las bocas. «Yo tengo derecho».—«¿Con qué derecho?».—«Defiendo mis derechos».—«¡No hay derecho!».—«Estoy en mi derecho». Perdida la confianza en sí mismo y en decadencia la virilidad, el hombre ya no lucha; pide. Y si le es posible, exige. Y si se encuentra en condiciones, quita. Nadie, cuando se trata de prosperar, piensa ya en multiplicar su actividad, ni en aumentar sus conocimientos, ni en poner en juego las condiciones —innatas o adquiridas— de que disponga para el combate del Mundo. El individualismo duro y heroico de otros tiempos ha sido sustituido por un colectivismo blando, cómodo, femenino y fácil. Y cuando se trata de prosperar, el hombre actual busca el apoyo de los demás hombres que están en su caso, organiza un Sindicato y se dirige a los Poderes Públicos pidiendo esto o aquello. ¿Acceden los Poderes públicos a la petición? A vivir hasta que llegue el momento de pedir otra cosa. ¿No acceden a la petición los Poderes Públicos? Pues el hombre que deseaba prosperar y sus compañeros de ansias y de Sindicato se echan en brazos del sabotaje y se lían a tiros con la Policía. A esto lo llaman los periódicos «el problema social». Al hombre se le ha sustituido por «el partido»; la dignidad humana se ha trocado en «el triunfo electoral»; el libre albedrío se ha convertido en «la sociedad de resistencia»; el individuo ha pasado a ser «la masa»; y la iniciativa personal se ha transformado en «el Comité». El hombre, que se ha vuelto cobarde para afrontar la vida él solo y de cara, se ha vuelto valiente para hacerse pistolero en pandilla. Todos creen tener razón en un momento histórico que se caracteriza, precisamente, por la falta de razón de todos. Todos amenazan: el obrero con la huelga, el Gobierno con los fusiles, el patrono con el despido, el hijo con el abandono, el padre con el Reformatorio, la hija con la fuga con el novio, la esposa con el divorcio, el marido con irse al extranjero, el catedrático con el suspenso y el alumno con no entrar en la clase y romper los bancos. Cada cual es rey de sí mismo y aspira a ser emperador de los demás.


martes, 30 de enero de 2018

María Fernanda Guevara-Riera, delegada del Proyecto en Venezuela

María Fernanda Guevara-Riera (Caracas, 1972) es Profesora-Investigadora a Tiempo Completo de la Universidad Católica Andrés Bello en el Centro de Investigación de la Comunicación. Licenciada (UCAB), Magister (USB) y Doctora en Filosofía (UIB), DEA en Sociología (UPNA). Profesora de pre y postgrado de la UCAB (escuelas de Ciencias Sociales y Letras, Maestrías en Filosofía y en Comunicación Social). Articulista de opinión en entreparentesis.org, La voce d’Italia y Politika UCAB. Facilitadora pedagógica de Voluntariado UCAB dictando talleres de formación a líderes comunitarios. Autora de tres libros publicados y de artículos arbitrados en revistas académicas y en prensa digital. 



Funciones como Delegada en Venezuela del Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea: Dar a conocer las actividades del Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea en Venezuela e invitar a los estudiantes y profesores universitarios a participar en la segunda edición del Congreso titulada “Autores en busca de autor” a celebrarse en Toledo el próximo mes de septiembre. Gracias a la edición pasada sabemos que con el apoyo de las TIC’s y la organización del Congreso, la distancia no es impedimento para presentar un estudio o ponencia.



viernes, 26 de enero de 2018

Quiero entrar a la muerte (Claribel Alegría)



Quiero entrar a la muerte
con los ojos abiertos
abiertos los oídos
sin máscaras
sin miedo
sabiendo y no sabiendo
enfrentarme serena
a otras voces
a otros aires
a otros cauces
olvidar mis recuerdos
desprenderme
nacer de nuevo
intacta.


lunes, 22 de enero de 2018

PRESENTACIÓN DEL LIBRO 'TRÍPTICO'

  • 31ENERO
  •  
  •  de 19:00 a 20:00
  •  
  •  Gratis
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EL CENTRO

CENTRO COMERCIAL PRECIADOS-CALLAO

Small centro eci callao 20071204130954 rec

EDIFICIO 2

 Dirección
Plaza de Callao, 2 28013 Madrid
 Teléfono
913 798 000

  CÓMO LLEGAR

En Metro
Sol (Líneas 1, 2 y 3) / Callao (Líneas 3 y 5)
En Tren
Sol (Líneas C-3 y C-4)
En Bus
Líneas 1-2-3-46-50-51-74-146

DESCRIPCIÓN

La poeta, escritora y doctora en Literatura Izara Batres es la autora de esta obra en verso.
La Sala Ámbito Cultural de nuestro centro de Callao (7ª Planta) será escenario el próximo 31 de enero a las 19:00 horas de la presentación del poemario 'Tríptico', un trabajo de Izara Batres galardonado con el XXXVI Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística.  Presenta Ascensión Escamilla y el acto contará con la participación de Manuel Galiana que recitará poemas del libro y de Alfredo Vicent que tocará la guitarra de 10 cuerdas.

En 'Tríptico', una obra de verso libre, Izara Batres verbaliza la transfiguración del dolor y el amor, para convertirla en cauce de conocimiento de Dios y de sí misma. El verso se pasea por los pliegues y avenidas del alma donde Dios habita manifestando su eternidad e infinitud cercanas, humanizadas, llenas de belleza y esplendor en el amor. La expresividad estética es tan intensa y profunda, aunque sutil y delicada, que el verbo se hace ritmo, cadencia y armonía, sin necesidad de recursos que puedan ser un muro de contención para la poesía.

Izara Batres es poeta, escritora y doctora en Literatura. Entre otros libros, ha publicado los poemarios 'Avenidas del tiempo' y 'El fuego hacia la luz' y la novela 'ENC o el sueño del pez luciérnaga'.




martes, 16 de enero de 2018

Homenaje a Gloria Fuertes

ACTO HOMENAJE A GLORIA FUERTES
UNA ESCRITORA DEL SIGLO XX PARA SER ENTENDIDA EN EL SIGLO XXI

·       Día:  miércoles 24 de enero a las 19,15 horas
·       Lugar: Teatro de Hermandades del Trabajo
·       Domicilio Social: Raimundo Lulio 3
·       Promueve:  Grupo Platero de Madrid
·        Presenta el Acto: Rosario Paniagua fundadora y miembro del Grupo Platero, Profesora de Literatura
·       Intervienen: Paloma Porpetta, presidenta de la Fundación Gloria Fuertes 
·       Jorge Sánchez Cascos, profesor de Literatura, realiza su tesis doctoral sobre Gloria Fuertes y miembro del Grupo Platero
·       Música: Cesar Garcia Rincón con la guitarra, interpretará temas relacionados con Gloria Fuertes.

ENTRADA LIBRE HASTA COMPLETAR AFORO




sábado, 13 de enero de 2018

El desacuerdo entre signo y cosa designada es una ley de la lírica moderna, lo mismo que del arte moderno.

Hugo Friedrich: La estructura de la lírica moderna, Seix Barral, Barceloba 1974:

Interioridad neutral en lugar de sentimientos, fantasía en lugar de realidad, mundo fragmentario en lugar de mundo unitario, fusión de lo heterogéneo, caos, fascinación por medio de la oscuridad y de la magia del lenguaje, pero también un operar frío análogo al regulado por la matemática, que convierte lo cotidiano en extraño: esta es exactamente la estructura dentro de la que se colocarán la teoría poética de Baudelaire, la lírica de Rimbaud, de Mallarmé y de los poetas actuales.

 (…)

En 1859 Baudelaire escribía: “El romanticismo es una bendición celestial o diabólica a la que debemos estigmas eternos.” Esta frase traduce con toda exactitud el hecho de que el romanticismo, incluso cuando muere, deja impresos sus estigmas en sus herederos. Éstos se rebelan contra él precisamente porque sienten su influjo. La poesía moderna es romanticismo desromantizado.
La amargura, el sabor a ceniza, la desolación, son experiencias fundamentales forzadas, pero al mismo tiempo cultivadas por el romántico. Para la antigüedad clásica y para toda la cultura que de ella deriva hasta el siglo xviii la alegría era el supremo valor espiritual que indicaba que el sabio o el creyente, el caballero, el cortesano, el hombre culto perteneciente a la “élite” social, habían alcanzado la perfección. El dolor, en cambio, a menos que fuera transitorio, era considerado como un valor negativo y, por los teólogos, como un pecado. A partir de las expresiones de congoja prerrománticas, empero, la situación se invirtió. La alegría y la serenidad desaparecieron de la literatura y en su lugar aparecieron la melancolía y el dolor cósmico. Éstos no requerían ningún factor que los provocara, sino que se alimentaban de sí mismos y se convirtieron en los atributos de la nobleza de alma. El romántico Chateaubriand descubre la melancolía sin objeto, erige la “ciencia del dolor y de la angustia” en meta de todas las artes y entiende que el desgarramiento del alma es una bendición del cristianismo.

(…)

Ya no es posible olvidar, como en los poetas anteriores, la manera de decir en aras de lo que se dice. El desacuerdo entre signo y cosa designada es una ley de la lírica moderna, lo mismo que del arte moderno.


lunes, 1 de enero de 2018

Cuán perjudicial fue, no ya para Hölderlin, sino para todos los poetas alemanes, el encontrarse con Kant y con su metafísica

Fuente: Stefan Zweig: La lucha contra el demonio.

ENCUENTRO PELIGROSO

Lo primero que hace Hölderlin, cuando se decide a vivir en libertad, es pensar en lo heroico de la vida, que es el impulso hacia lo grande. Sin embargo, antes de querer descubrir ese pensamiento heroico dentro de su propio pecho, quiere ver a «los espíritus grandes», a los poetas, quiere ver las cumbres sagradas. No es, pues, la casualidad lo que le lleva a Weimar; no, allí están Goethe y Schiller, allí está Fichte, y alrededor de éstos, como satélites brillantes, están Wieland, Herder, Jean Paul, los Schlegel, es decir, todo el firmamento espiritual de Alemania. Su espíritu poético, que odia lo que no es poesía, anhela vivir en ese círculo elevado y respirar esa atmósfera espiritual. Aquí espera gustar del divino néctar del espíritu antiguo, a fin de ensayar así sus fuerzas en esta ágora, en este coliseo de lucha poética. Pero antes, el joven Hölderlin quiere prepararse para esas lides, pues el poeta no se siente digno, intelectualmente hablando, por su pensamiento y por su cultura, de sentarse junto a Goethe, cuyo espíritu abraza el universo, o junto a Schiller, espíritu de coloso que se agita en formidables abstracciones. Por este motivo,

incurre en el eterno error de los alemanes, que es quererse formar de un modo sistemático; quiere cultivarse y emprende estudios filosóficos.

Lo mismo que Kleist, fuerza su naturaleza, que es toda espontaneidad, trata de hacer la anatomía de ese cielo que le llena de felicidad y quiere someter sus proyectos poéticos a las doctrinas filosóficas. Nunca, en mi opinión, se ha dicho con toda crudeza cuán perjudicial fue, no ya para Hölderlin, sino para todos los poetas alemanes, el encontrarse con Kant y con su metafísica. 
La historia de la literatura podrá encontrar digno de alabanza que los poetas de entonces llevasen a su círculo poético la ideología de Kant, pero todo espíritu libre debe reconocer los daños incalculables derivados de esa invasión de ideas dogmáticas en el reino de la poesía. Soy de la firme opinión de que la influencia de Kant limitó en extremo la producción poética de la época clásica, producción que se dejó influir mucho por la maestría constructiva de sus pensamientos. Kant perjudicó en extremo la expresión sensual, la euforia de la poesía, el libre curso de la imaginación, al quererlas llevar hacia un criticismo estético. Esterilizó las facultades puramente poéticas de todo aquel que abrazó sus teorías.

¿Y cómo podía ser de otro modo? Un ser todo cerebro, todo fría razón, ¿cómo podría ese hombre, que no conoció mujer ni salió de su provincia, ese hombre que era como un delicado mecanismo de relojería inflexible en su regularidad, ese hombre que se encadenó así a su vida cuarenta, cincuenta y hasta sesenta años; ese hombre desprovisto de espontaneidad, sujeto a un sistema rígido, pues su genio era sólo constructivismo fanático; cómo podría ese hombre, repito, ser jamás útil a un poeta, a un poeta que vive sólo por sus sentidos, que se eleva por su inspiración y a quien la pasión arrastra siempre a la inconsciencia?

La influencia de Kant apartó a los clásicos de su pasión más magnífica, más poética, que tenía toda la fuerza y el colorido del Renacimiento, y los llevó insensiblemente a un nuevo humanismo: a una poesía de eruditos. Por último, ¿no ha sido para la poesía alemana una gran pérdida el que Schiller, el más formidable plasmador de figuras poéticas, se preocupe y se torture buscando dividir la poesía en dos categorías, la poesía ingenua y la poesía sentimental, y que Goethe diserte con los hermanos Schlegel acerca de los clásicos y los románticos?

El exceso de luz de la filosofía debilita a los poetas, aunque ellos no se den cuenta, porque esa luz es fría y surge de este espíritu sistemático que cristaliza según leyes fijas; 

precisamente cuando Hölderlin llegó a Weimar, Schiller ha perdido ya aquella su primera borrachera de inspiración y Goethe (cuya sana naturaleza ha reaccionado siempre a toda metafísica sistemática) se dedica con todo interés a la ciencia. La correspondencia entre Goethe y Schiller nos demuestra muy claramente en qué esferas de acción se agitaban entonces sus pensamientos; esas cartas son magníficos documentos, son una magnífica concepción del universo, pero son racionalistas; parecen más bien la correspondencia de filósofos o de profesores de estética que confesiones poéticas. La poesía está, cuando Hölderlin entra en aquellos círculos, desplazada de su centro por la constelación de Kant y ha sido relegada a la periferia. Ha empezado una época de humanismo clásico. Sólo que, por fatal contraste con Italia, los espíritus más fuertes de la época no se han refugiado, como Dante, Petrarca o Boccaccio, en la poesía al huir del mundo helado de la erudición; al contrario,

Goethe y Schiller han dejado el divino mundo creador para refugiarse en la frialdad de la ciencia y de la estética. 

¡Ay, nunca más han de volver ya aquellos años divinos! Y los jóvenes que tienen a esas grandes figuras como maestros sufren la fatal locura de la formación filosófica. Y así Novalis, de espíritu angélicamente abstracto, y Kleist, todo impulso, ambos, a pesar de su naturaleza que repele todo espíritu positivo como el de Kant y su escuela, se dejan llevar a la deriva, llenos de duda, hacia este elemento hostil. Hasta Hölderlin, todo inspiración, que aborrece lo sistemático; indómito, abstracto, rebelde por propia voluntad, fuerza su naturaleza y se aferra a los análisis filosóficos, creyéndose además obligado a hablar en la jerga esteticofilosófica dominante, y todas sus cartas de los tiempos de Jena están atiborradas de sosas interpretaciones de conceptos y de esfuerzos por filosofar, cosas muy contrarias al anhelo infinito que le llenaba. Pues Hölderlin es precisamente un espíritu ilógico, no intelectual; sus pensamientos, grandiosos como relámpagos de genio, no son articulables; se resisten a toda combinación, a todo sistema. Lo que él dice del espíritu creador marca bien sus límites:

Sólo reconozco lo que florece naturalmente; lo meditado, ya no lo reconozco.

Este espíritu no puede expresar más que el anhelo de llegar, pero no puede elaborar esquemas o conceptos. Las ideas de Hölderlin son aerolitos —piedras del cielo y no de cantera terrestre—, y por eso no pueden ser alisadas y colocadas disciplinadamente para formar un muro, es decir, un sistema, pues

todo sistema es siempre un muro. 

Esas piedras quedan en la misma forma en que caen, no necesitan ser desbastadas ni sufrir variación alguna. Lo que una vez dijo Goethe refiriéndose a Byron, se le puede aplicar mil veces mejor a Hölderlin: «Cuando raciocina es un niño; sólo es grande cuando hace poesía.» Pero ese niño se sienta en el banco de la escuela de Fichte y de Kant y se asfixia, desesperado, en las doctrinas que oye, de forma que hasta Schiller le ha de advertir un día: «Huya usted siempre que pueda de las materias filosóficas; son las más ingratas… Permanezca más bien cerca del mundo sensible; así no se expondrá a perder el entusiasmo.» Ha de pasar bastante tiempo antes de que Hölderlin vea el peligro a que se expone en el laberinto de la lógica. Pero una disminución en sus producciones, como un exacto barómetro, le advierte un día que él, todo alas, ha caído en una atmósfera que lo asfixia, y entonces sí, dándose cuenta, rechaza toda la filosofía sistemática: «He ignorado durante algún tiempo por qué el estudio de la filosofía, que suele producir tantas satisfacciones y que compensa esa dedicación con la serenidad, me hacía sentir inquieto y exaltado, y tanta más intranquilidad me producía cuanto más me concentraba en ella. Ahora ya veo que si esto sucedía es porque me alejaba de mí mismo, de mi propia naturaleza.» Por primera vez descubre la fuerza de su vocación poética, que celosamente no le permite entregarse a la vida material. Su naturaleza le exigía situarse entre el mundo superior y el inferior. No podía encontrar el reposo ni en lo abstracto ni en la realidad concreta. Así engaña la filosofía a su abnegado discípulo; inspira, en su espíritu lleno de dudas, más dudas todavía, y no le hace aumentar la certeza, como él habría esperado. Pero su segunda decepción, más peligrosa que la primera, viene de los poetas. Desde lejos, se le aparecían como mensajeros de lo sobrenatural, sacerdotes que dirigían su corazón hacia Dios; deseaba poder elevar su espíritu a través de ellos, de Goethe y aún más de Schiller, a quien había leído noches enteras en el Seminario de Tubinga y cuyo Don Carlos había sido como la «nube encantadora de su juventud». Esperaba que le darían, a su propia inseguridad, aquello que transfigura la vida, es decir, el impulso hacia el infinito, la elevada fogosidad. Pero aquí empieza

el eterno error de la segunda y tercera generaciones, y que consiste en querer seguir a sus maestros; olvidan los jóvenes que el tiempo resbala sobre las obras perfectas como sobre el mármol, sin dañarlas, pero que no pasa así con los hombres, aunque sean poetas; las obras perduran, pero el hombre envejece.

Schiller es ya consejero; Goethe es consejero privado; Herder, consejero municipal, y Fichte, profesor de universidad. Sus intereses ya no están en la producción poética, sino en los problemas de la poesía; la diferencia es clara. Todos están ligados a su obra, han anclado en la vida y nada hay tan ajeno a un hombre, nada tan fácil de olvidar, como su propia juventud; así, el paso de los años determina la incomprensión: Hölderlin esperaba de ellos entusiasmo, y ellos le enseñaron moderación; él ansiaba inflamarse a su lado, y ellos sólo lo bañan con una ligera luz; junto a ellos quería una vida libre, una existencia espiritual, y ellos se esfuerzan por buscarle una buena colocación burguesa. Él iba a buscar, junto a ellos, ánimos para la lucha monstruosa que le marca su destino, y ellos (con la mejor intención) le aconsejan una paz honrosa. Él iba a inflamarse, y ellos tratan de apagarlo; así, a pesar de todas las afinidades intelectuales, a pesar de sus simpatías, la sangre ardiente de Hölderlin, frente a la sangre ya templada de ellos, da lugar a la mala inteligencia.