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jueves, 11 de mayo de 2017

Lizzie en el teatro de situaciones sartreano

*Por María Fernanda Guevara Riera
Filósofa
Lasperplejidadesdeamerica.blogspot.com


Jean-Paul Sartre (1905-1980) es uno de los autores más representativos del siglo XX francés. Su primera gran obra desde el punto de vista filosófico es  L’être et le néant la cual apareció madura y precisa en 1943. Nos interesa mostrar en esta entrega lo siguiente: nosotros consideramos que a partir de la lectura de El ser y la nada podemos comprender con mayor alcance la obra de teatro La p…. respetuosa (1), publicada en  el 1946 y en donde el autor francés desarrolla con arrojo el malestar existencial de Lizzie, uno de los personajes principales de la obra. Veamos, entonces, nuestro recorrido.




Uno de los presupuestos básicos de la ontología sartreana es la mala fe o la tendencia originaria del cogito pre-rreflexivo de no querer asumir la existencia en tanto libertad. Para Sartre somos una nada contingente en un universo carente de Dios. El hombre en la medida en la cual es capaz de flexionarse sobre sí y de analizar cada uno de sus actos en situación tiene la responsabilidad absoluta de dichos actos frente a sí mismo y frente a los otros. No responde, así, el hombre sartreano a un orden divino anterior: la existencia precede a la esencia. De forma tal que seremos auténticos en la medida en la cual aceptemos la angustia de la contingencia de no poseer verdades absolutas o un Dios como suelo y explicación de nuestras decisiones. Mientras que somos de mala fe cuando intentamos evadir la angustia de la toma de decisión y nos cobijamos en las “decisiones” ya aceptadas por el orden social, gracias a las cuales, no tenemos razones algunas por las cuales preocuparnos de nuestra existencia.

Ahora bien, para el autor francés nuestro movimiento inicial siempre será de excusa, de evasión, de refugiarnos en las verdades ya construidas por el orden social antes que de reflexionar críticamente y asumir nuestra libertad. Para Sartre originariamente buscamos negar la angustia de tener sobre nuestros hombros el peso de nuestra libertad y descargamos en la cotidianidad pre-establecida, en la existencia de un Dios como orden metafísico, la justificación nuestras elecciones. En palabras técnicas sartreanas anhelamos ser-en-sí-para-sí y coincidir plenamente con nosotros mismos cumpliendo el proyecto de mala fe de vivir como una cosa hecha para evitar, de este modo, los cuestionamientos de la existencia que se derivan del ejercicio de nuestra libertad y de la presencia de los otros en el mundo.

Para que nuestra existencia no sea un proyecto de mala fe debemos actualizarnos continuamente y confrontarnos con los proyectos existenciales de los otros. Y eso no se realiza en la abstracción del pensamiento aislado. Según Sartre, es en el teatro en donde los hombres, a través de la puesta en escena de una situación límite, reflexionan sobre su existencia, sobre los supuestos en donde descansan sus decisiones, sobre sus derechos: ¿Tengo derecho a luchar por mi libertad y a no seguir siendo de mala fe?

Así, para dejar a un lado la posible abstracción del los aportes filosóficos de El Ser y la nada, Sartre nos representa en “La p... respetuosa”, la situación concreta de la mala fe en el malestar de Lizzie, el personaje principal de la obra de teatro. ¿Qué hacer con el malestar de la existencia de tener que elegir cada vez? ¿Por qué la autenticidad es preferible a la inautenticidad? ¿Puedo huir de la angustia de elegir?

Valga precisar que la mala fe es mostrada por Sartre en la obra sin mencionar ni una sola vez el término.


Fred— ¡Pues tira! ¡Venga, tira! Ya lo ves, no puedes. Una chica como tú «no puede» disparar contra un hombre como yo. ¿Quién eres tú, a ver? ¿Qué haces en el mundo? (…) Te instalaré en la colina, al otro lado del río, en una casa bonita con un parque. Te pasearás por el parque todo lo que quieras, pero te estará prohibido salir de allí; soy muy celoso. Iré a verte tres veces a la semana, ya anochecido: el martes, el jueves y el sábado hasta el lunes. Tendrás criados negros y más dinero del que hayas podido soñar nunca, pero me tolerarás todos mis caprichos. ¡Y tendré muchos! (Ella se abandona un poco más en sus brazos.) ¿Es verdad lo que me dijiste de que yo..., que fuiste feliz conmigo? Contéstame. ¿Es verdad?
LIZZIE. — (Con lasitud.) Sí, es verdad.
FRED. — (Golpeándole la mejilla.) Entonces todo ha vuelto al orden. (Una pausa.) Me llamo Fred.”(2)

Así, concluye la obra, que, en cambio, constituye nuestro propio comienzo y por ello los invitamos a leerla a la luz de nuestro escrito de hoy.


La pregunta, “¿qué haces en el mundo?”,  en el contexto de la obra teatral, no se refiere al oficio o a la profesión, sino al orden del mundo y a las relaciones que mantenemos con los otros; a la autenticidad o inautenticidad de nuestras convicciones más profundas. Sartre, desde lo que él llamó “sentido común teatral” propio de la cotidianidad irreflexiva, muestra cómo las preguntas fundamentales de la existencia surgen en los individuos cuando éstos se encuentran “cara a cara” en una situación en la cual hay que elegir o tomar postura frente a sí y frente a los otros. En resumidas cuentas, somos seres-para-sí-para-otro, es decir, en situación con los otros y no existe suelo duro anterior –véanse Dios, los saberes específicos o las normas sociales establecidas- que justifiquen el cómo debo tratar al otro: debo hacerme cargo de mis acciones porque la autenticidad o inautenticidad en mis relaciones procederá sólo de mis elecciones y de la intencionalidad de las mismas.


Pero, nos preguntamos de inmediato, ¿por qué tenemos que transparentar en la medida de lo posible nuestro proyecto existencial y nuestras relaciones con el prójimo? Ese es uno de los presupuestos fundamentales del existencialismo: lo humano se construye gracias al ejercicio de la reflexión y a la autenticidad que mantengamos en nuestras relaciones con nosotros mismos y con los otros. Lo anterior se alcanza para el universo sartreano sólo a través de la interpretación de nuestros proyectos existenciales y a la lucidez que alcancemos sobre las verdaderas intenciones que albergamos para con los otros. La moral de la autenticidad ha mostrado sus límites mas sus aportes son indiscutibles: tener una relación lúcida con nosotros mismos y con los demás construye humanidad.

La cotidianidad irreflexiva, o en otras palabras, el no practicar el ejercicio de la auto-comprensión con preguntas que nos ayuden a discernir nuestras verdaderas intenciones para con nosotros mismos y para con los otros hace que los individuos descarguen la responsabilidad de sus acciones en las estructuras cotidianas, en el Dios creado para evadir responsabilidades y, de esta forma, muchas veces las relaciones con el otro quedan en el nivel de la inautenticidad o mala fe, en las frases ya hechas de las conversaciones teatrales respetuosas en donde Dios, la cotidianidad o los saberes específicos sirven de excusa para utilizar al otro y rehuir así de la responsabilidad de haber elegido un camino y no otro en determinada situación.

Finalmente, según Sartre, ¿se logra la evasión total, es decir, logramos engañarnos y coincidir plenamente con nosotros mismos al ser de mala fe o inauténticos? No, el malestar o el gusano de la conciencia siempre acecha y nos fisura causándonos una “hemorragia del ser” que  nos recuerda incesantemente que podemos elegir siempre ser auténticos con nosotros mismos y con los demás.

Muchas gracias.

Referencias bibliográficas:

(1)   Es en 1946 cuando J. P Sartre, en el Théâtre Antonie, y bajo la dirección de Simone Berriau, estrena “La p... respetuosa”. Personajes principales: Lizzie “La p... respetuosa”, Fred “el cliente, el posible enamorado”, El Negro, y la cotidianidad representada por John, James, El senador y Hombres 1, 2, 3.

(2) SARTRE, Jean-Paul: La p…  respetuosa, Biblioteca Virtual OMEGALFA, PP. 40-41.

martes, 9 de mayo de 2017

Un soneto

¡QUÉ BIEN HABLAR DE DIOS!

¡Qué bien hablar de Dios en un Congreso!
¡Qué hermoso penetrar en su figura
misteriosa, intangible!¡Qué ventura
poder intervenir, os lo confieso!

Me atrevo a sincerarme: me embeleso
pensando en el Señor, y mi escritura
es un simple homenaje a su ternura,
que me tiene cautivo, esclavo, preso.

Escribir sobre Dios es preguntar
para obtener respuestas que dan vida
cuando la oscuridad es una tara.

Escribir sobre Dios es alabar
al que es, sin rubor y sin medida,
puesto que me creó porque lo amara.

Pablo Rodríguez-Osorio

                                               5 de mayo de 2017