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lunes, 5 de junio de 2017

...mientras oraba a su dios tiburón para que la protegiera de los tiburones...

Autor: Jack London (San Francisco, 1876-Glen Ellen, 1916).


 
La casa de Mapuhi es un relato de Jack London incluido por Borges en su selección de libros titulada La Biblioteca de Babel. Mapuhi es un hombre pobre, bueno, pero poco espabilado.
Vive con su familia en una isla del Pacífico, y sueña con una casa. "Mapuhi encontró una perla. ¡Y qué perla!", escribe London. Pero "Mapuhi es un tonto y te la dará por poco dinero". Es estafado y se queda sin la perla. "Mapuhi se cruzó de brazos entristecido y se sentó con la cabeza gacha. Le habían robado su perla. En lugar de la casa, había pagado una deuda. No tenía nada que reemplazara a la perla". Su sueño y el de su familia de construirse una casa se desvanece.

Pero entonces, ocurre lo inesperado, un huracán enbravece el mar y el océano desola la isla. Aquí se produce el relato épico de la salvación de Nauri. "Mientras tanto, Nauri, separada de su familia por el huracán, había sido arrastrada lejos a una aventura solitaria. Aferrada a un tosco tablón que la lastimaba y se le clavaba en la carne, había sido arrojada lejos del atolón y llevada por el mar. Aquí, bajo los golpes de olas altas como montañas, había perdido el tablón. Era una anciana de casi sesenta años; pero había nacido en las Paumotus y en toda su vida no se había alejado del mar. Mientras nadaba en la oscuridad, sofocada, asfixiada, luchando por un poco de aire, un coco la había golpeado con violencia en un hombro. En un instante había formulado un plan y se había aferrado al coco. Durante la hora siguiente, había capturado siete cocos. Atados juntos, formaron una boya salvavidas que le había conservado la vida, aunque al mismo tiempo amenazaba convertirla en gelatina. Era una mujer gorda y se magullaba con facilidad; pero tenía experiencia en huracanes, y mientras oraba a su dios tiburón para que la protegiera de los tiburones, esperó que el viento cesara. Pero a las tres estaba en tal estado de aturdimiento que no se daba cuenta de nada. Tampoco se dio cuenta cuando a las seis se había instalado la calma chicha. Recién recobró la conciencia cuando las olas la arrojaron en la arena. Se abrió camino con las manos y los pies ensangrentados, en carne viva, y manoteó en el agua hasta que quedó lejos del alcance de las olas. ... Pero después de un rato se sentó lentamente y observó el cadáver con atención. Una ola desmesuradamente grande lo había arrojado lejos del alcance de las olas menores. Sí, tenía razón, ese pelo colorado sólo podía pertenecer a un hombre en las Paumotus. Era Levy, el judío alemán, el hombre que había comprado la perla y se la había llevado en el Hira. Bueno, una cosa resultaba evidente: el Hira se había perdido. El dios de los pescadores y de los ladrones había traicionado al comprador de la perla. Se arrastró hasta el muerto. Tenía la camisa arrancada y se le veía el cinturón de cuero con el dinero. Conteniendo la respiración, luchó para desprenderle la hebilla. Cedió más fácilmente de lo que había esperado, y se arrastró de prisa por la arena, llevando el cinturón tras de sí. Uno tras otro soltó los bolsillos del cinturón, y los encontró vacíos. ¿Dónde podía haberla puesto? La encontró en el último bolsillo, la primera y única perla que había comprado en el viaje. Se arrastró unos pocos metros, para huir de la pestilencia del cinturón y examinó la perla, era la que Mapuhi había encontrado, la que Toriki le había robado. La sopesó en la mano y la hizo rodar acariciadoramente en la palma.

No vio en ella ninguna belleza intrínseca. Lo que vio fue la casa que Mapuhi, Tefara y ella habían construido tan cuidadosamente en la imaginación. Cada vez que miraba la perla veía la casa con todos sus detalles, incluyendo el reloj octogonal colgando de la pared. Era un motivo para vivir. Cortó una tira de su propio ahu y ató la perla firmemente en torno a su cuello. Después fue a la playa, jadeando y gimiendo, pero buscando cocos con resolución. Muy pronto encontró uno y, mirando alrededor, un segundo. Quebró uno, se bebió el agua, que tenía gusto a moho, y se comió hasta la última partícula de la carne. Un poco después encontró una piragua averiada. Le faltaba el tangón, pero la vieja estaba llena de esperanzas y lo encontró antes de que terminara el día. La perla era un talismán. Cada hallazgo era un augurio. Al atardecer vio una caja de madera que flotaba en el agua. Cuando la arrastró hasta la playa notó que su contenido hacía mido, y encontró adentro diez latas de salmón. Abrió una martillándola contra la canoa. Cuando hubo practicado un pequeño orificio, sacó el aceite. Después de eso dedicó varias horas a extraer el salmón, martillando y arrancando un bocado por vez.

La injusticia inicial que arrebató a Mapuhi la perla queda restablecida por la fuerza de la naturaleza (huracán), la lucha por la vida de la anciana Nauri y un dios tiburón, el dios de los pescadores y el dios de los ladrones.

Antonio Barnés

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