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viernes, 24 de febrero de 2017

Simone Weil: Poemas

Autor: Simone Weil (París, 1909-Ashford 1943).

Obra: Poemas.

Fuente: Simone Weil: Poemas. Venecia salvada, Trotta, Madrid, 2006. Edición de Adela Muñoz Fernández.

Antonio Barnés, Dios en dos poemas de Simone Weil from Antonio Barnés Vázquez on Vimeo.

A una joven rica

Climena, con el tiempo quiero ver en tus encantos
Cómo mana de día a día y brota el don de las lágrimas.
Tu belleza no es aún más que una armadura de orgullo,
Que los días transcurridos convertirán en ceniza;
No se te verá [más], exultante, descender,
Orgullosa y sin máscara en la noche del sepulcro.
¿Hacia qué destino prometido, en tu flor pasajera,
Te deslizas? ¿Hacia qué destino? ¿Qué gélida miseria
Vendrá a oprimir tu corazón hasta hacerle gritar?
Nada se elevará para salvar tanta gracia;
Los cielos permanecen mudos a la espera del día que borre
Las facciones puras, una tez dulce que un día se vio brillar.
Un día puede hacer palidecer tu rostro, un día puede retorcer
Tus flancos bajo un hambre punzante; un escalofrío muerde
Tu frágil carne, recién salida de las cavidades de la tibieza;
Un día y serás un espectro en ese corro exhausto
Que sin respiro por la prisión del mundo
Corre, corre, con el hambre en el vientre por motor.
La noche perseguida por los bancales como un rebaño,
¿Dónde encontrar en lo sucesivo tu mano fina y delicada,
Tu compostura, tu frente, tu boca con su gesto altivo?
El agua brilla. ¿Te estremeces? ¿Por qué esa mirada vacía?
Demasiado muerta para morir, queda pues, carne lívida,
¡Montón de andrajos postrados en el gris de la mañana!
La fábrica abre. ¿Irás tú a penar ante la cadena?
Renuncia al gesto lento de tu gracia de reina.
Deprisa. Más deprisa. ¡Vamos! Deprisa. Más deprisa.
Por la tarde al marchar, miradas apagadas, rodillas rotas, sumisa,
Sin una palabra; en tus labios humildes y pálidos se leen
La obediencia al duro orden y el esfuerzo sin esperanza.
¿Irás tú en las tardes, con los rumores de la ciudad,
A dejar mancillar por unos céntimos tu carne servil,
Tu carne muerta, transformada en piedra por el hambre?
Ella no se estremece más que cuando una mano la acaricia;
Los retrocesos, los sobresaltos han sido borrados de tu vida.
Las lágrimas son un lujo [allí] donde son aspiradas en vano.
Pero tú sonríes. Para ti las desgracias son fábulas.
Tranquila y lejos de la suerte de tus hermanas miserables,
No les otorgas siquiera el favor de una mirada.
Tú puedes, cerrados los ojos, prodigar las limosnas;
Tu sueño incluso se mantiene puro de estos lúgubres fantasmas
Y tus días transcurren claros bajo el abrigo de una fortaleza.
Trozos de papel más duros que las murallas te protegen.
Que se quemen, y tu corazón, tus entrañas,
Serán entonces golpeados hasta quebrar tu ser.
Mas este papel te asfixia, él esconde el cielo y la tierra,
Esconde a los mortales y a Dios. Sal de tu invernáculo,
Desnuda y temblorosa envuelta en los vientos de un universo
           helado.


LOS ASTROS

Astros en fuego que pueblan la noche en cielos lejanos;
Astros mudos que giran ciegos sin ver, siempre helados,
Arrancáis de nuestros corazones los días del ayer,
Nos arrojáis al porvenir sin nuestro consentimiento,
Y lloramos y todos nuestros gritos que os elevamos resultan vanos.
Puesto que es preciso, os seguiremos, atados los brazos,
Los ojos vueltos hacia vuestro fulgor puro pero amargo.
Todo dolor importa poco a vuestro aspecto.
Callamos, titubeamos sobre nuestros caminos.
Está allí en el corazón repentino, su divino fuego.


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