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lunes, 27 de febrero de 2017

Jaime Salom: La casa de las chivas


Autor: Jaime Salom (Barcelona, 1925-Sitges 2013).

Obra: La casa de las chivas.

Fuente: 
Teatro selecto. Escelicer, Madrid, 1971.


Páginas 228-229.

JUAN.- ¿Por qué me cuentas a mí todas estas cosas?
PETRA.- Debes saberlo todo, para que puedas perdonarme (…) Por favor, Juan, perdóname, devuélveme la paz.
JUAN.- ¿Y por qué yo?
PETRA.- Eres la única persona que conozco que puede hacerlo.
JUAN.- ¡Te repito que no soy sacerdote! Si lo fuera, debería perdonar. Ahora me cuesta demasiado no odiarte, no abofetearte… ¡No eres más que una…!
PETRA.- Lo soy, sí. Pero hasta esta mañana no he sentido la vergüenza de serlo. Ya ves, a tantos como he conocido, y va a ser ese mocoso el único que me deje huella…
JUAN.- Puede que, en el fondo, yo sea responsable de todo eso… Por no haber conseguido que entendieras las razones de Dios… Mientras defendía su Ley, tal vez olvidaba la otra, la de la caridad.
VOZ DE MARIANO.- ¡Petra! ¿Vienes o no?
PETRA.- ¡Voy en seguida, un momento! (A JUAN.) Basta una cruz trazada en el aire, ¿verdad? Por favor, hazlo…, puede que así me sienta menos culpable
JUAN.- No sabes lo que dices. Vete.
PETRA.- Dime que me perdonas.
JUAN.- No es de mí de quien debe llegarte el perdón.
PETRA.- Una cruz con tu mano extendida, como en la iglesia, aunque no seas cura…
JUAN.- Pero estás loca.
PETRA.- No puedes negarte… Sólo una cruz, no te pido más, ¡una cruz!
JUAN.- Puede que yo también esté loco… (traza una cruz en el aire.) ¡Que Dios te bendiga, mujer! ¡Que Dios nos bendiga a todos y se apiade de nosotros!
(PETRA sale precipitadamente. JUAN esconde la cara entre sus manos.)


En una casa ocupada por soldados tiene lugar este conmovedor diálogo entre un hombre y una mujer que han venido a coincidir en ese espacio y en ese tiempo; dos seres humanos reunidos por la tragedia de la guerra que abren sus corazones el uno al otro, él para reconocer que se está preparando para el sacerdocio (lo que en esa situación, de saberlo los demás ocupantes de la casa, le puede costar la vida), ella para confesar que comercia con su cuerpo y suplicar un gesto de perdón que “devuelva la paz” a su alma atormentada.
La insistencia de él en que aún no es sacerdote, en que todavía no está autorizado para otorgar ese perdón en nombre de Dios, no basta para que la mujer ceje en su empeño; necesita imperiosamente ese gesto, y se lo pide a quien ante sus ojos aparece como un discípulo de Aquel que perdonaba los pecados de los hombres por los caminos de Galilea, sin que para ella sea importante que haya recibido o no la ordenación; se lo pide con tanta fuerza que el hombre acaba por acceder, recordando quizá que “se puede hacer el bien en sábado”(Mt 12, 11) y que, ante alguien que está sufriendo intensamente, la ley que se impone a todas las demás es la que él mismo ha evocado un momento antes: la de la caridad.

La tensión dramática que tan admirablemente construye en esta escena Jaime Salom, un excelente autor teatral injustamente olvidado, tiene su base en la necesidad, profundamente arraigada en el ser humano aunque no siempre seamos conscientes de ello, de ser perdonados. Y a esa necesidad vino a dar respuesta Cristo; el cristianismo es, por encima de todo, la religión del perdón, como la obra de la que hemos entresacado este fragmento consigue transmitir con la fuerza de la gran literatura. 

Francisco J. Palenzuela, profesor de E.L.E.



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