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viernes, 13 de enero de 2017

Gerardo Diego: Primera antología de sus versos (1918-1941)

Autor: Gerardo Diego (Santander, 1896-Madrid, 1987).

Obra: Primera antología de sus versos (1918-1941).

Fuente: Gerardo Diego: Primera antología de sus versos (1918-1941), novena edición, Espasa-Calpe, Madrid, 1980.




I
Iniciales (1918)

Poeta sin palabras

Voy a romper la pluma. Ya no la necesito.
Lo que mi alma siente yo no lo sé decir.
Persigo la palabra y solo encuentro un grito
roto, inarticulado, que nadie quiere oír.

¡Dios mío, tú el Poeta! ¿Por qué no me concedes
la gracia de acertar a decir cosas bellas?
Dame que yo consiga -merced de las mercedes-
interpretar las flores, traducir las estrellas.

Yo escucho sus secretos. Yo entiendo su lenguaje.
No el ser sordo, el ser mudo es mi condenación.
Para mí es como un alma dolorida el paisaje
y el mundo es un sonoro y enfermo corazón.


Llevo dentro, muy dentro, palabras inefables
y el ritmo en mis oídos baila sus armonías,
mientras vagan perdidas, ciegas e inexpresables
yo no sé qué interiores, soñadas melodías.

Como un niño que tiende sus bracitos desnudos
a las cosas y quiere hablar y no sabe y llora...
así también ante ellas se abren mis labios mudos
de poeta sin palabras que el gran milagro implora.

Tú, Señor, que a los mudos ordenabas hablar,
y ellos te obedecían. Pues mi alma concibe
bellas frases sin forma, házmelas tu expresar.
Ordénale ya "Habla" al poeta que en mi vive.




IMPROMPTU

Cuando me tiendo en la playa
boca arriba,
en estas noches tan hondas
y tan íntimas,

noches de claras, diáfanas
maravillas,
tan evidentes, tan nuevas,
tan antiguas,

la inmensidad se me abre
sin orillas,
sin linderos y sin márgenes,
infinita.

Y qué ansias de hacer cándida
mi vida
para que Dios la contemple
desde arriba.

Qué hermosura. Niño astrónomo.
(Yo tenía
nueve años y estudiaba
de puntillas

torciéndome en el balcón
cosmografía:
Sirio, Antares, Betelgeuse...)
¡Ay, qué líricas

las estrellas, qué profundas
y qué limpias.
Y ver lo que hay más allá,
más arriba,
más detrás de las más altas,
más encima.

Sí, cómo todas me llaman
y me miran.
Parece que dicen: sube,
date prisa.

Cómo se abre el horizonte
y se amplifica
como la onda de la piedra
centrífuga.

Cómo crece el corazón,
cómo rima
con los astros y los ángeles
y palpita

olvidado de la muerte
y de la vida
... cuando me tiendo en la playa
boca arriba.

III
NOCTURNOS DE CHOPIN
PARÁFRASIS ROMÁNTICAS
(1918)

Nocturno XI

                                               A Luis Barreda

Sentadas sobre un pozo alabastrino
una mujer desnuda  -amor profano-
y una blanca doncella  -amor divino-.
¿No recordáis el cuadro de Tiziano?

También en el nocturno chopiniano
se oye primero el cántico argentino
que nos dice las rosas del camino,
que al goce invita del amor profano.

El ave del amor borda su trino
escondida en el bíblico manzano,
y un cupidillo frívolo y pagano
apunta al cielo el chorro cristalino.

Es todo risas. Se respira un vano
perfume anacreóntico; y el vino
tiñe acaso el paisaje veneciano
como en una vendimia de Bassano
o en una bacanal del Aretino.

Un acorde litúrgico; imagino
que lo trenza algún órgano cristiano.
Es la aureola del amor divino
la que ilumina el corazón humano.

Renunciamiento, paz, quietud, lejano
son de plegarias místicas. El lino
de un cuento nazareno y peregrino
devana el dulce corazón del piano.

Y se piensa en el claustro; el vespertino
toque de Ángelus, trémulo y lontano,
un conventual jardín benedictino,
azucenas, cipreses, una mano
blanca en las sombras lentas adivino...
Pasa el encanto del amor divino.
Vuelve el triunfo del amor pagano.
Ya conoces los dos, mi buen hermano.
Pero tú no decides tu camino.
Es tan bello el amor a lo profano...
Es tan bello el amor a lo divino...



IX
VIA CRUCIS (1924)


TERCERA ESTACIÓN
A tan bárbara congoja
y pesadumbre declinas,
y tus rodillas divinas
se hincan en la tierra roja.
Ya no hay nadie que te acoja.
En vano un auxilio imploras.
Vibra en ráfagas sonoras
el látigo del blasfemo.
Y en un esfuerzo supremo
lentamente te incorporas.
Como el cordero que viera
Juan, el dulce evangelista,
así estás ante mi vista
tendido con tu bandera.
Tu mansedumbre a una fiera
venciera y humillaría.
Ya el Cordero se ofrecía
por el mundo y sus pecados.
Con mis pies atropellados
como a un estorbo le hería.
PENÚLTIMA ESTACIÓN

He aquí helados, cristalinos,
sobre el virginal regazo,
muertos ya para el abrazo,
aquellos miembros divinos.
Huyeron los asesinos.
Qué soledad sin colores.
Oh, Madre mía, no llores.
Cómo lloraba María.
La llaman desde aquel día
la Virgen de los Dolores.

¿Quién fue el escultor que pudo
dar morbidez al marfil?
¿Quién apuró su buril
en el prodigio desnudo?
Yo, Madre mía, fui el rudo
artífice, fui el profano
que modelé con mi mano
ese triunfo de la muerte
sobre el cual tu piedad vierte
cálidas perlas en vano.


VERSOS DIVINOS
(1938-1941)

A LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

¿Es de ingrávido sueño,
aire o magia refleja
este resplandor súbito,
esta erguida presencia? 

Todo en torno se afirma,
se deslumbra, se ciega.
La piedra es más que nunca
piedra, gozosa piedra; 

la humana piel confusa
de oscuros centinelas,
tañida del prodigio,
centellea evidencias, 

y el alba, el alba tímida
tan mojada y tan tierna,
confirma de rubores
su inocencia perfecta. 

Otra vez sobre el mundo
la Verdad se hace cierta,
cierta con certidumbre
transverberada, céntrica. 

No el aire, no, ni el sueño
ni la magia espejean
este cuerpo armonioso
que fulgura y destella. 

Las brisas le acarician,
la tierra le sustenta
y la luz que de él mana
le ciñe y le modela. 

Pudiendo ser más leve
que plumas o humaredas,
humana, humildemente
pisa la hierba, y pesa, 

y al goce del suavísimo
tacto, contacto, prenda,
invita -ábranse flores-
a las yemas incrédulas. 

Resurrección. Oh gloria
taladrada y tan nuestra,
tan de hueso y de carne
firme, caliente, fresca. 

Por Ti, Jesús, tan nuevo
hoy con tus cinco estrellas
que en cifra dibujada
tu caridad constelan, 

por Ti, Señor, devuelto
a la luz que te estrecha,
al amor que te ciñe,
al aura que te besa, 

por ti, todo nos canta,
oh divina certeza
para después del tiempo,
quieta ya primavera. 


Páginas de esta antología correspondientes a poemas en que aparece Dios o lo divino: 17, 23, 29, 30, 32, 58, 80, 86, 102, 106, 107, 114, 115, 125, 135, 138, 139, 145, 149, 156, 157, 158, 182. 



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