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lunes, 16 de enero de 2017

Miguel de Unamuno: fragmento de El Cristo de Velázquez

DIOS – TINIEBLAS
De noche la redonda luna dícenos
de cómo alienta el sol bajo la tierra:
y así tu luz, pues eres testimonio
Tú el único de Dios, y en esta noche
sólo por Ti se llega al Padre Eterno:
sólo tu luz lunar en nuestra noche
cuenta que vive el sol. Al reflejarlo,
brillando, las tinieblas dan fulgores,
los más claros, que el mármol bien bruñido
mejor espejo da mientras más negro.
Te envuelve Dios, tinieblas de que brota
la luz que nos rechazas; escondida
sin tu pecho, su espejo. Tú le sacas
a la noche cerrada el entresijo
de la Divinidad, su blanca sangre; porque Tú, el Hombre,
cuerpo tomaste donde la incorpórea
luz, que es tinieblas para el ojo humano
corporal, en amor se incorporase.
Tú hiciste a Dios, Señor, para nosotros.
Tú has mejido tu sangre, tuya y nuestra,
tributo humano, con la luz que surge
de la eterna infinita noche oscura,
con el jugo divino. Y es herida
que abrió el fulgor rasgando las tinieblas
de Dios, tu Padre, el sol que ardiendo alumbra
por tu pecho, de ardiente amor llagado.
Y Tú la infinidad de Dios acotas
en el cerrado templo de tu cuerpo
e hilas la eternidad con tus suspiros,
rosario de dolor. Tu pecho muéstranos
la blanca eternidad que nos espera
y en su fúlgido espejo el alma ansiosa
ve sus raíces de antes de la vida.
Tu humanidad devuelve a las tinieblas
de Dios la lumbre oculta en sus hondones
y es espejo de Dios.
                                   Es como el alba
tu cuerpo; como el alba al despojarse
del negro manto de la noche, en rollo
a sus pies desprendido. Con tus brazos
alargados en gesto dadivoso
de desnudar tu cuerpo y de ofrecerlo
a cuantos sufren del amor hostigo,
descorres la cortina de tinieblas
del terrible recinto del secreto
que a la casta de Adán acongojaba
mientras ansiosa consumía siglos;
con tus abiertos brazos, la negrura
del abismo de Dios, tu padre, rasgas,
y echándolo hacia atrás, de tu cruz cuelgas
el negro manto en que embozado estabas
dándotenos desnudo. Sacudido
muriendo Tú, rasgóse de alto a bajo
del templo el velo cárdeno, las tumbas
abriéronse y los santos que dormían
se irguieron para ver tu cuerpo blanco
que en desnudez al Padre retrataba
desnudo. Destapaste a nuestros ojos
la humanidad de Dios; con tus dos brazos
desabrochando el manto del misterio,
nos revelaste la divina esencia,
la humanidad de Dios, la que del hombre
descubre lo divino. De tu cuerpo
sobre el santo recinto, iglesia, vamos
en Dios, tu Padre, a ser, vivir, movernos
de abolengo divino hermanos tuyos.
Y envuelves las tinieblas, abarcando
tenebrosas entrañas en el coto
de tu cuerpo, troquel de nuestra raza,
¡porque es tu blanco cuerpo manto lúcido
de la divina inmensa oscuridad!
(Miguel de Unamuno, El Cristo de Velázquez;  Espasa-Calpe (Col. Austral),  edición de 1963, pp. 22-24)

Comentario:
He aquí un fragmento del extenso poema unamuniano nacido de la contemplación del famoso cuadro pintado por Velázquez para el convento de San Plácido de Madrid, hoy expuesto en el Museo del Prado. La dialéctica luz-tinieblas, larguísima tradición del pensamiento cristiano cuyo origen podemos rastrear en el comienzo del Evangelio de San Juan (“la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron”, Jn 1, 5), se hace patente en el dramático contraste que muestra el lienzo y que el poeta desarrolla con especial intensidad en esta parte de su obra.
En el cuerpo de Cristo, que es expresión del amor divino, las tinieblas de la “divina inmensa oscuridad” se vuelven luz ante nosotros: “cuerpo tomaste donde la incorpórea/luz, que es tinieblas para el ojo humano corporal, en amor se incorporase”. Se nos muestra ahí un trayecto que Cristo hace posible para nosotros: pasar de las tinieblas a la luz (“sólo por Ti se llega al Padre Eterno:/sólo tu luz lunar en nuestra noche/cuenta que vive el sol”…  “Tu pecho muéstranos/la blanca eternidad que nos espera”). Pero en Cristo no sólo se humaniza Dios, sino que también se diviniza el hombre: “Destapaste a nuestros ojos/ la humanidad de Dios; con tus dos brazos/ desabrochando el manto del misterio,/nos revelaste la divina esencia,/la humanidad de Dios, la que del hombre/descubre lo divino”; el hombre recupera en Él su filiación divina, liberando sus ojos del oscurecimiento del pecado, que le ha hecho perder la conciencia de su genuina condición: “en su fúlgido espejo el alma ansiosa/ve sus raíces de antes de la vida”.
Emergiendo de lo más profundo de nuestras tinieblas, el cuerpo de Cristo aparece aquí, pues, como el lugar de reencuentro del hombre con Dios; como el camino, la vía de retorno que se ofrece al hijo pródigo cuando el sufrimiento que encuentra en el mundo despierta en él la nostalgia de la casa del Padre (Lc 15, 11-32); en definitiva, como “la luz verdadera que con su venida al mundo ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9).

Francisco J. Palenzuela, profesor de E.L.E.



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